Bailarines de Ballet y el prejuicio machista
- Maria Alejandra Ortiz Coral
- 30 nov 2020
- 3 min de lectura
Actualizado: 9 dic 2020
Los prejuicios de los bailarines de ballet siguen estando presentes en pleno siglo XXI. Pocos son los varones que consiguen forjarse una carrera profesional en el ballet. Hasta llegar a ello, deben realizar a diario entrenamientos intensos para estar en forma. Pero una de las luchas más duras que deben afrontar tiene lugar en la mente. El enemigo es el prejuicio machista que somete a los jóvenes que quieren bailar a incómodos cuestionamientos. Efecto que se vive con mucha mayor intensidad en América Latina, donde el machismo y la ignorancia sólo admite y se enorgullece de la práctica de deportes que, en esta sociedad hegemónica son “para hombres”: futbol, lucha libre, artes marciales o boxeo.
Las ideas retrógradas sobre la orientación sexual que se han generado en la sociedad y en el ballet vienen porque el bailarín genera movimientos suaves que pueden rayar en amaneramientos, lo que inquieta a muchas personas, pues el estereotipo exige que el hombre sea fuerte y tosco. Los varones que se interesan por la danza clásica deben enfrentarse a distintos conflictos tanto en el ámbito social como familiar, simplemente por haber elegido una disciplina que se asocia a la feminidad, la delicadeza, el color rosa y los tutús.
Sin embargo se presenta una gran contradicción, pues si bien, el mundo del ballet clásico corresponde a los cánones hegemónicos: el bailarín debe ser el que controla, y lucir fuerte, viril y poderoso; es también el bailarín el que padece una forma de violencia, relacionada con el género, donde la sexualidad es el eje en torno al cual se estructura la desigualdad para los varones que se inclinan por dicha práctica. El Ballet es un arte generizado atribuido a la femineidad y por ende, en el caso de los varones, a la homosexualidad.
Es tristemente común que los varones tengan que enfrentarse a prejuicios machistas y homófobos, que consideran que el ballet no es para hombres. Al menos para hombres heterosexuales. Es un machismo que trata de controlar hasta la expresión corporal del individuo y decidir qué gesto es masculino y qué es femenino.
La masculinidad en nuestra cultura, es una masculinidad que debe ser demostrada, que ha de explicitar que no se es femenino, y que por lo tanto, no es susceptible de ser rechazado por las estructuras de poder construidas por la masculinidad hegemónica. En la cultura occidental, la danza se asocia habitualmente a la feminidad. En este sentido, se dan condiciones desiguales para los bailarines de ballet, donde evidentemente se les ubica como una masculinidad subordinada. Hombres y muchachos (heterosexuales y homosexuales), son expulsados del círculo de legitimidad por el simple hecho de bailar ballet. El proceso está marcado por un rico vocabulario denigrante: enclenque, mariquita, cobarde, amanerado, ano acaramelado, hijito de la mamá, mariposón, floripondio, entre muchos otros.
En una sociedad que exige “ser” heterosexual, que instituye las insignias que constituyen la feminidad, resulta un reto practicar una disciplina que obliga a los hombres a hacer un ejercicio corporal importante, donde son deseables aspectos como la elasticidad, el ritmo y el virtuosismo, que deben ser adoptados por los bailarines si es que éstos quieren seguir adelante con su práctica; a sabiendas de que el camino estará repleto de negaciones a su alrededor: sentirse siempre señalado, siempre tachado y por tanto desadaptado, sólo por el hecho de realizar una actividad que los demás consideran, no debería hacer. Se toma por natural una arcaica consideración: que la danza es femenina. Una idea profundamente aferrada en nuestro inconsciente colectivo, que hunde su
s raíces en una determinada noción de movimiento.
El modelo hegemónico de masculinidad, no tiene alternativas; dicta mandamientos inalterables de lo que debe ser un hombre y paradójicamente, no se ha enterado de que, precisamente en el ballet clásico, también pervive el ballet hegemónico, donde puede encontrar uno de sus más claros representantes en el bailarín, a quien también se le exigen las características ideales de masculinidad: la fuerza, el poder, la virilidad, el sostén de la mujer, el control sobre los demás e incluso, la violencia.





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